Clase y lucha de un Madrid gozoso.


Clase y lucha de un Madrid gozoso.

Cinco victorias seguidas del Madrid. En todas mostró algo brillante que parecía olvidado. Contra el Eibar apareció otra velocidad. Ganó contra un rival indesmayable por la circulación de la primera parte y la capacidad de sacrificio en la segunda. Un Madrid completo y en desarrollo, con varios ángulos, que se eleva sobre la clase de unos veteranos rejuvenecidos.

También por el cese de las rotaciones. Salieron los mismos (el bloque) y Rodrygo por la izquierda, cogiéndole el sitio a Asensio.

Era un partido norteno, nocturno y prenavideño, un partido de “segundos balones”, descendientes de los “palos cortos”, pero el Madrid alcanzó momentos de un fútbol excelente.

La presión es buena. Cuando un equipo presiona, anima la circulación del presionado. Lo espabila. El Eibar fue a por el Madrid, y encontró en el Madrid una fluidez asombrosa.

En la banda izquierda del Eibar había un Kevin y un Bryan, signo de los tiempos, pero el Madrid maduro no se iba a inmutar. Su comienzo enlazó con lo mejor del partido ante el Atlético, pero en otra version, con rasgos distintos. En el minuto 6 ya marcó con un pase de superdotado de Rodrygo a Benzema. Rodrygo goes to Benzema, que controló con filtro de seda y batió a Dmitrovic. Pero ese pase… Hay que repetirlo: Rodrygo tiene ademanes que ganan partido. Su entendimiento con Benzema y Modric es más natural. Es una pieza más pulida que Vinicius y entra mejor en ese puzzle.

Pero la verdadera estrella del comienzo estaba siendo Modric con otro recital. Ayudaba a que la posesión del Madrid fuera más rápida que la presión del Eibar. En el minuto 13 marcó él 2-0 tras un regate y asistencia de Benzema. Poco después, los dos estuvieron a punto de repetir con papeles cambiados: pase de Modric que Benzema falló de esa forma suya colosal donde la elegancia se pone ridícula, como si Cary Grant saliese con pijama. La jugada vino precedida de una larga sinfonía de toques del Madrid, de un campo a otro y a una velocidad nueva, desconocida.

¿Cómo describir el juego del Madrid? Corrían todos como Lucas Vázquez, y la pelota más rápido que Lucas Vázquez. El campo estaba extendido, el equipo abierto, y la pelota iba a toda velocidad y con completa seguridad. La electricidad de esa circulación había aquietado al frenético Eibar. Esos quince minutos iniciales del Madrid quedarán en la memoria del aficionado como algo pocas veces visto en los últimos años. Fue un fútbol divertidísimo.

El partido, sin embargo fue normalizándose, igualándose. Aun desaprovechó Modric en el 25, ligeramente encandilado, una contra de tres contra dos. La inexorable ley del Dios del fútbol que penaliza perdonar se manifestó al instante: La zarza ardiente fue Kike, que marcó el 1-2 con un golazo de mucha colocación tras otro ejercicio talibán de presión local.

El Eibar se creció unos minutos. Kike las peinaba y el suntuoso Bryan Gil, salido de la época de los Vicente, Reyes, etc, las ponía desde su banda.

Cuando el partido podía acercarse a lo que se esperaba de él, el Madrid dio otros dos relámpagos de fútbol. Un gol anulado a Benzema y otra ocasión de Lucas tras pase del antedicho. Sus controles no es que fueran sutiles, había ya auténtica ternura en ellos. Modric, Kroos y Benzema son los empeines de la Liga, dueños de una calidad suprema, vestigios de otro fútbol en nuestro campeonato. Cuando conectan parecen rivalizar en darle a la pelota un trato más delicado que el compañero. Hay algo como fetichista, minimalista e incluso japonés en el interior de Kroos, el exterior de Modric y el dedo gordo de Benzema acariciando la pelota como quien pone un vinilo y trata de que la aguja caiga, precisa, grávida y a la vez muy suave en el punto exacto en el que arranca la música. Son las Supremas de Valdebebas.

La primera parte fue tan entretenida que se sentía la euforia del público ausente.

Tras el descanso, Mendilibar recauchutó y reajustó su presión, más alta, y el Eibar dificultó las cosas al Madrid. A Modric se le hacía un traje a medida y participaba menos. El Madrid, de todos modos, tenía la esperanza de los contragolpes. Hubo uno muy claro de Carvajal.

El partido estaba muy vivo, los dos equipos bien a su modo, y con la aparición del cansancio, a la altura del 60, surgieron más espacios. Más alegría.

Dmitrovic le paró un gol a Rodrygo. El Madrid, airoso tras el bloque de presión local, rondaba la sentencia, aunque Muto estuvo cerca del empate tras otro pase de Kike.

Primero se intuyó el cansancio, luego empezaron los cambios. Debería haber una estadística, los kilómetros que hace la pelota. Estaba moviéndose muchísimo. Jugaban los dos equipos como bailaban las parejas en “Danzad, Danzad, Malditos”. Era un ir y venir electrizado. Un partido de calambres. Y el Madrid tenía que ir decidiendo si sentenciar o encerrarse como una tortuga. Primero el fútbol, luego el cansancio y faltaba por llegar el azar, último personaje del partido que le hiciera perder los puntos.

Por fe no iba a ser, y el Eibar colgó balones a su estilo bombardero. Ramos dio unas manos sin voluntad que se protestaron mucho. El Madrid se dispuso para una versión extenuada y numantina y fue Ramos, y no Courtois, el que salvó un lance casi fatal. Lucas sentenció en el 92 una victoria gozosa e importante del Madrid.

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