El Madrid se devuelve a la euforia.


El Madrid se devuelve a la euforia.

El Shakhtar es un equipo ucraniano lleno de brasileños con un entrenador italiano que juega a la holandesa-catalana.

También es italiano Ancelotti y juega a la Ancelotti, que consiste en haber averiguado dos meses después que el Madrid juega en 4-3-3.

Fue un 4-3-3 y además replegado de inicio, es decir, fue Zidane, que el año anterior había perdido dos veces contra el Shakhtar. Nótese lo curioso de la evolución: volver a Zidane donde naufragó Zidane.

La gran diferencia de Ancelotti es que no renuncia a la velocidad de Vinicius, que marcó el tono de la primera respuesta del Madrid: salir flechado hacia el ataque con esas carreras solitarias suyas en las que parece el mensajero crucial que va de una ciudad a otra perseguido por caballos enemigos no del todo visibles, pero acuciantes.

Tras ese repliegue instintivo (el ya inevitable bloque bajo o medio-bajo, que es como medirle el largo a la falda del equipo), el Madrid fue haciéndose con la pelota poco a poco, con un trabajo invisible, colectivo, gradual, sin perder nunca del todo la posición, su culo cerca de Courtois.

El trabajo general de repliegue y esfuerzo vertical era innegable, pero lo más claro, lo más destacable eran los cambios de juego de Kroos, que al menos permitían una ilusión de cambio, la ilusión de una alternativa. El efecto de Kroos es un elegante oreo del juego hacia otro lugar, como quien tiene una casita en la montaña para el fin de semana. Es la posibilidad elegante de una escapada. Ay si la realidad permitiese esos cambios, esas repentinas aperturas de panorama…

Esos toques de Kroos son un lujo que le queda al Madrid del esplendor reciente y siempre son una ilusión aunque la mayoría de las veces acaben en el realismo de posguerra de Lucas Vázquez, que sufría, por cierto, ante Solomon, pero que se redimió con la jugada del gol, un centro suyo que desencadenó, como una piñata de indecisión, el desconcierto ucraniano y el autogol de Kryvtsov.

Era un fallo ajeno, pero es de justicia decir que el Madrid había mejorado mucho. El Casemiro, Modric, Kroos, que ya vemos será de nuevo el sota, caballo, rey, crecía como una lenta pleamar sobre los lentos crustáceos del toque local.

El Madrid chutaba mucho, sin mucho peligro, pero lo intentaba, y Vinicius perseveraba en su velocidad contra Dodó, uno de su misma cilindrada. Cuando intentaba regatearlo pegado a la banda parecían dos motoristas midiéndose antes de trazar la curva.

Esto podría haber gafado el partido de Vinicius, pero es cierto que algo ha cambiado en él este año. Al volver la segunda parte, Benzema robó, pasó a Modric, que dio un único toque de continuidad para dejar a Vinicius solo ante el portero. Esto hubiera sido un escenario de terror para él, una oportunidad para mojar la cama, pero se la elevó con ligereza. Ahí está la lección de Carletto: un toque, dos toques, ¡no más!

El belfo de Ancelotti, que no para de moverse caviloso con el chicle, ilumina veterano el belfo de Vinicius, auténtica vanguardia y mascarón de proa del Madrid.

Al poco, cogió una pelota en el pico del área, dio unas bicicletas pletóricas de confianza, a lo Cristiano, se metió entre dos y ya dentro del área recortó hacia dentro con la derecha; se había ido ya de medio Shakhtar y aun tuvo la sencillez de recurrir a la izquierda parabólica para batir al portero. Su jugada había tenido varias trayectorias, varios trazos, como si su vertical se hubiera enriquecido con la esgrima ágil de un espadachín. Su carrera es un florete y su tobillo es la muñeca del maestro de esgrima. Como El Zorro, había dibujado una zeta en el pecho desnudo del Shakhtar.

Hace unos días una amigo de poca fe me preguntaba: ¿podría hacer Vinicius lo que Salah en la Premier contra el Watford? Queda respondido.

Ancelotti estaba encontrando una fórmula: zidanismo táctico (sistema: 4-3-3; tono: prudencia), y el Casemiro-Modric-Kroos (CMK) pero con el añadido de la juventud. De Vinicius y de Rodrygo, que marcó el 0-4, de estocazo zurdo tras asistencia de… Vinicius otra vez.

Este partido es importante porque despeja, definitivamente, el fantasma de Robinho. Lo de Vinicius será más o será menos, pero no es un espejismo de septiembre.

El Shakhtar quiso atacar, pero dejaba muchos espacios para un ávido Benzema, así que se la fue dejando al Madrid a cambio de que no le hiciera más daño. El Madrid estuvo muy bien, jugando con auténtica superioridad.

Tuvo Ancelotti oportunidad de dar descansos y de hacer aparecer en el equipo a Marcelo y a Vallejo. Fue una tarde en la que el Madrid reencontró muchas cosas, algunas colectivas, y además el timón de Kroos, la seguridad de Mendy, el ya citado CMK, el apabullante ascendiente de Benzema (con justo gol en el descuento) y a Vinicius, convincente en su papel de nueva estrella. El debate Hazard, si es que existía, se acabó.

El Madrid se llena de certidumbres justo antes del Clásico.

Más información: ABC.