El Real Madrid se aúpa en la Liga.


El Real Madrid se aúpa en la Liga.

El Madrid duerme de líder, afirma su opción al campeonato y comprime la Liga con una diferencia a su favor: llega con el gol average ganado. Su partido, matizado por la proximidad del Liverpool, fue jugado con cara experta, estajanovista a ratos. Algo que no puede extrañar: el Madrid no ha fallado en ningún clásico, derbi o compromiso importante en Europa. El Barça vendió cara su derrota y demostró su mejoría, aunque su esperanza ya no es tanto Messi como las apariciones de Pedri, Mingueza o Ilaix.

Zidane retocó el equipo hacia el 4-4-2 con Valverde, mientras que Koeman salía con sus tres centrales, lo que planteaba un primer interrogante: ¿qué harían esos tres centrales con un solo delantero, Benzema, que además se va del área?

El Barcelona inició el partido con intento de presión alta y mucha pelota. Nada que reprochar. El Madrid retrasaba un poco la presión, se le veía una prudencia de otro signo. Esos dos pasos atrás que enseña la vida.

Koeman, un poco Lobanovski en el banquillo, sentado como una señora mayor en la silla del portal, vio cómo su equipo hacía lo debido: intento de tenencia, toque mecánico, juvenil disciplina… Había algo ideal en su juego. El Madrid, mientras, variaba un poco, no le importaba cambiar su manera de ser. Su realismo es mayor, su conocimiento es superior.

La quisicosa del partido estaba, para el Barça, en el espacio a la espalda de Casemiro, la zona Messi, una zona en la que lleva bastantes clásicos sin aparecer. Para el Madrid, en los espacios a la ‘contra’, en los que el idealismo de Koeman (ah, el cruyffismo) regalaba un tres contra tres. Los centrales quedaban expuestos, no al estatismo de un nueve, sino a la sorprendente velocidad de Valverde y Vinicius, la juventud del Madrid, por fin, su dinamita tantas veces reclamada.

Efectivamente, así llegó el 1-0. Una contra devastadora de Valverde, que apareció como apareció en el 1-0 de la primera vuelta, con asistencia de Lucas y remate de espuela al primer palo de Benzema.

Algo protestaron los jugadores del Barça, alguna falta en el origen de los tiempos, quizás algo no pitado por Guruceta, pero el gol era inapelable y además una genialidad de Benzema como nueve purísimo dejando en la mesa un posible debate hasta ahora impensable y hasta insensato: ¿es Benzema el jugador más dominante de la Liga, por encima de Messi? Desde que Cristiano se fue, Benzema no ha parado de mejorar y Messi se ha ido amustiando.

El Barcelona se sobrepuso al gol aplicando su libro de estilo. En esos minutos destacó Pedri, el de hilo fino, con su aspecto de cantante de trap, de geniecillo callejero.

Pero aunque destacara la clase minimalista de Pedri, era más evidente el poderío del Madrid, un poderío latente, porque sus jugadores adoptaban un rostro anónimo, una disposición defensiva y agonista. Se les veía, sobre todo, defender. Se habían hecho bloque, pura solidaridad, igualados como sujetos en un sistema totalitario.

Solo asomaba su perfil en el contragolpe. Ahí afloraban identidades. El Madrid era una masa blanca que se hacía rostro en las carreras de Vinicius. Su contragolpe despótico, trepidante, forzó una falta al borde del área. La tiraría Kroos, que hizo ese gesto previo suyo de recogerse el flequillo como un hipster. Cuando hace eso, malo. Es el equivalente a la postura de pistolero patiabierto de Cristiano. Así fue: marcó la falta tras carambola en Dest y Alba. Parte del gol era de Vinicius, aunque no computará como asistencia.

El Madrid siguió siendo un ente acorazado compuesto de individuos indistinguibles, abnegados. Es una de sus virtudes, la capacidad para tomar varias formas. Tocar o esperar, apabullar o sufrir con humildad. El minarete de Benzema se convertía en centro logístico del que salían disparados Vinicius y Valverde, que tuvo un palo en el minuto 34. Sobre las mascarillas culés, los ojos mostraban terror.

Antes del descanso, se lesionó Lucas, y Messi tuvo un ‘palo olímpico’ (de córner). El Madrid se esforzó con éxito por mantener la puerta a cero hasta el descanso. El partido, y quizás algo más, estaba ahí.

Ese esfuerzo defensivo del Madrid adquirió un efecto dramático por la repentina lluvia tropical (que en las próximas horas veremos achacar, sin duda, al gobierno de Ayuso: «Los efectos del cambio climático madrileño impiden el toque», ¡dumping climático!).

Bajo un tifón neoliberal, el Madrid se formó alrededor de su área como una cordillera nevada. Como unos alpes coronados por Casemiro que el Barcelona intentaba escalar con su elaborado toque tibetano, de sherpas de la pelota.

Comprimido el Madrid como un puñado de peladillas, se olvidó un instate de contragolpear, quizás algo inconsciente se iba hacia Liverpool, y la insistencia del Barça tuvo premio en el gol de Mingueza tras un pase de Alba y la sabia inhibición de Griezmann. No fue la única proyección ofensiva de Mingueza.

Aunque Vinicius tuvo un tiro al palo, la impresión era que el Barcelona estaba más metido en el partido. Pero esa sensación la revirtió pronto el Madrid. Para entonces, el aquaplaning hacía más estocásticas las contras de Vinicius

Se notaba el cansancio local y Zidane cambió la delantera y algo más, el tono general: menos velocidad, pero control y velcro con Isco y Marcelo. Así se pertrechó el Madrid, con la lluvia como tercer central. El Barça tenia más dificultades e incluso atacó más el Madrid, ya encriptado. Zidane acertó y al Barcelona se fue quedando progresivamente sin tiempo y sin espacio, aunque muriera épicamente con un larguero (Ilaix) y con Ter Stegen de frustrado titán en área ajena. Aun no había pitado el árbitro y Koeman, por si acaso, ya había iniciado el recurso de la protesta.

Más información: ABC.