Épica aceitera en Granada.


Épica aceitera en Granada.

El Barça es hoy un amor de invierno: si los de verano sabes que durarán dos meses, y que pronto llegará septiembre para romper las promesas que justo agosto había hecho, los de enero nunca sabes si son intensos de tan débiles o si sólo se te acercan para no tener frío. Yo acostumbro a entender lo que Koeman intenta, y no sólo a entenderlo, sino a estar de acuerdo, pero si en Granada se presentó como un volcán en erupción ofensiva, en otros partidos sus comienzos habían sido de una sumisión indecente. Brillantes, eléctricos minutos iniciales, de primer amor fértil, con un Messi voluntarioso, pero lento ya por la edad, como un abuelo de 70 años que pretendiera complacer a su conquista de 30 sin Viagra. Todo lo hacía bien, es cierto, salvo la dureza final que nos eleva, nos justifica y nos salva. ¡Quién la pillara! Ayer supe también que mi profe de Literatura del bachillerato se jubilaba. Don Quijote solía entrar en sus clases cada mes de mayo en Barcelona. Como a Messi, no se le puede reprochar la edad, ni el esfuerzo notable. Otra cosa es si el Barça hizo bien en renovar al argentino, porque si todo el equipo ha de jugar para que él no marque, el negocio no parece claro. Otra cosa es también si nuestras profesoras de Literatura, como lo que nos enseñaron, no tendrían que permanecer eternas en sus clases.

Imprevisible siempre, y a veces recordándonos a cuando era extraordinario, el Barça galopaba sobre el Granada como el caballo cuatralbo de Alberti, y sólo el portero Aarón separaba al Barça de la ventaja en el marcador. Voló el guardameta ante una falta bien ejecutada por Messi. Todo bien en el Barça, para qué negarlo. La única pregunta es si este fútbol tan vistoso como poco eficaz (en goles) servirá a partir de los octavos de la Champions. Ya sé que era el Granada, pero a quién le importa realmente lo que no sea la Liga de Campeones.

Y la respuesta no tardó en llegar, y prometo a los lectores que no lo tenía escrito antes de que Kenedy adelantara a su equipo gracias a un clamoroso error de Umtiti. Dominar está bien, pero las superioridades hay que concretarlas. Tú no puedes decirle a alguien que le invitas a comer, elegir el menú, y al final hacerle pagar a medias. Y si es una chica, menos. El Barça en la primera mitad eligió el restaurante, pero no pagó la cuenta, y el Granada, sin grandes prosopopeyas, le dejó en evidencia. El juego plástico y veloz es lo que más apreciamos, pero sin goles muere la poesía. El empate del Barcelona no parecía improbable, pero el 2 a 0 local, en cualquier jugada aislada, no parecía imposible. Bonito primer tiempo, pero bonito como los cromos con purpurina con los que jugábamos cuando éramos niños. En el fútbol real, europeo, competitivo y durísimo, así no vas a ninguna parte.

Y para acabarlo de constatar, el Granada marcó el segundo para inaugurar la segunda parte. Es cierto que el marcador tenía algo de inverosímil, pero en el justo balance los dos goles habían sido, de los dos equipos, los únicos remates entre los tres palos. Así es el fútbol, así es el sexo, así es la vida.

Reacción catalana.

El Barcelona lo continuó intentando, entre el surrealismo y la impotencia. No era tanto que el Granada no mereciera la victoria, como que el Barça no merecía un tan oneroso escarnio. Un poco como me sucedió con mi único amor en el único año que cometí el error de estudiar la carrera de Periodismo. Se llamaba Eva, y era de Premià, y aunque todo lo tuve a favor para deslumbrarla, los restaurantes, los hoteles y los teatros de mi capital, fue un chico de su mismo pueblo, y en un pajar, quien acabó por llevarla por delante. Qué triste es cuando te ganan sin tener que hacer nada especial, y todo tu esfuerzo palidece en lo obvio, en lo elemental.

Metáfora o no, Trincao y Dembélé chutaron al travesaño, Messi al palo, y Aarón le salvó Griezmann una chilena memorable. Y como Eva se me fue en Navidad, justo los Reyes me trajeron a Laura, y tan acibarada fue mi vida universitaria como el Barça de Koeman, que tras una buena primera mitad y un agónico segundo tiempo, remontó en los tres minutos finales con goles de Griezmann y Alba. Y, claro, la verdad es que con Laura me olvidé de Eva, y con Laura, que todo me lo enseñó, aprendí los varios usos que una aceitera podía tener –y eso que yo, odiaba las ensaladas–. Más o menos como la asistenta de casa de mis padres al faltar la aceitera y no encontrarla se sintió el Granada con el tercer gol de Griezmann, pero poco duró la alegría azulgrana, que vio cómo los locales le empataban su gesta de un riguroso penalti. Sombras de Eva, pero aún me quedaba Laura.

Hicieron falta 108 minutos para que la lógica presupuestaria se impusiera en el marcador y De Jong marcó el cuarto. En el 113, Alba de un trallazo sentenció el quinto. Justo antes de la comprensible euforia, que comparto, el Barça haría bien en recordar que el rival sólo fue el Granada. O sea, que los trucos están muy bien, pero la chica de la aceitera no es con la que te casas.

Más información: ABC.