La 34ª, una Liga inspiradora.


La 34ª, una Liga inspiradora.

Hay quien salió del confinamiento con abdominales nuevos, y quien salió con diez kilos de más; quien redescubrió a su pareja viendo Netflix y quien se quedó solísimo. El Madrid, debimos sospecharlo, resultó ser un equipo del primer tipo. Cuando el fútbol volvía lleno de dudas, el Madrid no las tuvo.

Salió del confinamiento en su mejor versión posible. Salió, él sí, mejor. Su tramo final de la Liga del coronavirus se recordará como una de sus obras maestras deportivas. No es la mejor, no es la más brillante, pero cuenta una historia de superación en la que fijarse. Quizás no nos divertimos mucho, pero algo podemos aprender.

Pero vayamos al partido. Zidane optó por el 4-3-3 con Rodrygo y Hazard. Es decir, nada de encogerse ni ponerse a amarrar. Saldría al ataque frente a un Villarreal en 4-4-2. De hecho, mantener la fijeza de ese 4-4-2 pareció el gran objetivo del Villarreal durante gran parte del partido. Solo al final, con el Madrid al borde del título, pudo inquietarle.

El partido se reveló en un minuto. Por un lado, el talante atacante del Madrid: pase perfecto de Ramos a Carvajal para un intento de vaselina. Atrevimiento, tiros largos. Por otro, la despótica manera de Casemiro, que cargó sobre Chukwueze y casi le sacó un hombro. Su dominio sobre el partido fue completamente «iliberal». Su dominio sobre el campeonato, más bien.

A los diez minutos ya estaba aún más claro el mando del Madrid, dominio alegre, con voluntad de preciosismo a veces, Hazard tras Benzema y una buena presión arriba. «Bloque alto», diría un tacticista. El Villarreal no superaba a Casemiro, no pasaba de él.

Benzema voleó flojo en el 14, Modric chutó lejano en el 16… El Madrid circulaba de banda a banda la pelota. El rival se comprimía en las dos barras de su imborrable 4-4-2 y el toque se le hacía previsible. Pero ante este problema, el de la aparición del gol, el Madrid de Zidane ya no se agobia. Influido por la flema sobrenatural del francés, el equipo espera, persevera, y mira el 0-0 en toda su fertilidad y promesa. El 0-0 ya no es una ansiedad, sino un árbol maduro de frutos. Sabe que puede haber error ajeno, penaltis, balón parado, cansancio… Y así fue. En ese instante en el que el Madrid antes se aburría, se perdía, llegó el gol por el error ajeno (Sofian) y (otra vez) el robo avanzado de Casemiro: Modric, redivivo, pasó a Benzema, que batió por abajo a Asenjo. Sin desmerecer al francés, el gol era Casemiro. Él había agitado el árbol del cerocerismo.

En ese momento llegó la pausa de hidratación, y el atardecer, como un homenaje a los colores corporativos del Madrid, se amorató intensamente. Desde ahí hasta el descanso no hubo mucho. El Villarreal prolongó, como logro mayor, alguna posesión a cuya persecución el Madrid se aplicó disciplinado para inmediatamente devolvérsela con profusión de toques. Estuvo más cerca el segundo, en realidad, con alguna llegada punzante de Rodrygo, bien movido por Modric.

En el descanso, Calleja sacó a Bruno Soriano y Ontiveros, con lo que el Villarreal empezó a hacerse más combinativo. Eran cinco medios, pero el 4-3-3 del Madrid no se vio zarandeado. Kroos sacó su compás, su toque se hizo aún más preciso, y Hazard intervino más.

Carvajal pudo marcar en el 53, de nuevo tras pase de Modric, que estaba como descubridor de la América de la banda derecha; todo ahí lo veía, lo lanzaba, lo provocaba él.

Mendy tuvo otra subida, potentísimo. Es como un Geremi zurdo, a veces más pulido, a veces no.

Como quien cambia de cabezales, Zidane sacó a Asensio y Vinicius; Calleja, que del pentacampismo no había sacado nada, optó por la conexión directa entre Cazorla e Iborra.

Pasaban los minutos y parecía que no pasaba nada, pero sí pasaba: el Villarreal no era capaz de crear el más mínimo peligro. El Madrid estaba incólume, y sólo sufrió por un fuerte golpe que se llevó Courtois en la cabeza. Intocado, con la puerta a cero, se reforzaba en su virtud defensiva, casto y «puertacerista» cuando se produjo la jugada resumen del campeonato: Ramos presionó, robó la pelota y se fue solo al ataque, hasta el área, donde le hicieron penalti. Como no sabe ya qué inventar, se la tocó «a la Cruyff» a Benzema, para que luchara por el Pichichi, pero se anuló porque el francés ya estaba en el área. Pareció un gesto algo frívolo, excesivo estando el partido 1-0. El penalti se repitió, no obstante, y lo lanzó Benzema, ya sobriamente. Su gol concluía la Liga. Ramos ha tenido en ella una influencia suprema, absurdamente ofensiva. Si Beckenbauer y Ramos coincidieran en un ascensor, ¿quién tendría que ceder el paso?

El penalti del Madrid denotaba cierto relajo y, efectivamente, pronto marcó el Villarreal mediante un gran cabezazo de Iborra. Hubo cambios y un juego algo ansioso, convulso de repente. Courtois salvó el empate. Meros prolegómenos del alirón.

El Madrid levanta su 34ª Liga. La del coronavirus, que nunca olvidaremos. En su logro hubo algo inspirador. En el peor momento, es posible recordar nuestra mejor versión. E ir a por ella.

Más información: ABC.