La Real Sociedad apaga Anduva y se clasifica para la final de Copa.


La Real Sociedad apaga Anduva y se clasifica para la final de Copa.

No hubo magia en Anduva, no existió una nueva rebelión frente al orden establecido. En un campo que es pura pasión, ayer más que nunca, lo que se impuso fue la lógica más aplastante. Será la Real Sociedad el equipo que esté presente en la final de Copa del Rey de Sevilla, acudiendo a una cita para la que no sacaba billete desde 1988. Espera ya al Granada o al Athletic el conjunto txuriurdin tras evitar, más cerebral que nunca, que el embrujo del Mirandés le derribara. Un justo finalista pese a que el conjunto rojillo compitió de manera admirable, tanto en la ida en el Reale Arena como anoche en la vuelta.

Su público, con un aplauso que más bien pareció un abrazo, así se lo reconoció tras el último capítulo de esta preciosa historia, perfumado con un ambiente extraordinario durante toda la jornada. «Si pasáis vosotros, ganadle al Athletic, ¡eh!», se escuchaba en la previa entre bengalas rojas y azules, hermanados todos por una ilusión común y a su vez antagónica. Si la Real gana esta Copa, un pedacito, aunque sea muy pequeño, pertenecerá a Miranda de Ebro y a sus gentes.

Esa será -o no- la siguiente parte de una historia en la que los Oyarzabal, Odegaard, Merino e Isak tendrán la oportunidad de no ser sólo un gran equipo, que ya lo son, sino de ser recordados como mitos de la historia de la Real, pues en lontananza espera la posibilidad de que los donostiarras ganen el sexto título de su historia. Anoche demostraron madurez, una virtud que no se le presupone a un grupo tan joven como el dirige con brillantez Imanol Alguacil. Tras temblar en la ida, en Anduva apenas sufrieron los donostiarras y, lo que es más importante, jamás perdieron el control de la situación ante un Mirandés al que poco o nada se le puede reprochar. Un día más, se comportó como un equipo de Primera División pese a ser uno de los más modestos de Segunda. No tardarán muchos estos jugadores, ni tampoco su entrenador, en alcanzar la azotea del fútbol español.

Hasta que el gol de penalti de Oyarzabal enfrió la excelente temperatura primaveral de Anduva, el partido satisfacía a un Mirandés que, ya lo anunció Iraola, tenía como lógica prioridad que el trámite se le hiciese muy largo a la Real. Matheus, un perro de presa con oficio de delantero centro, vivía agazapado entre los centrales, esperando un balón que le permitiera lanzar una carrera exitosa hacia la gloria. Esa era la bala que jugaba el conjunto rojillo, cuya vertical voluntad no estaba en duda.

El problema que se encontraba es que su rival no era el equipo arriesgado y de ida y vuelta habitual, sino uno mucho más pausado. Fuera porque la presión en cierta medida le frenara, fuera porque así lo trazó Alguacil, el caso es que era una Real mucho más práctica y comedida. Le sirvió para tener alguna ocasión en una primera mitad bastante igualada en la que sólo el claro penalti de Malsa por mano, a cuatro del descanso, desequilibró. Y eso que la grada jugaba hasta con la presión ambiental, sacudiendo las redes de la portería para buscar, sin éxito, que Oyarzabal se distrajera lo fallara.

Januzaj, nada más regresar de vestuarios, estuvo a punto de sellar la noche con un disparo que se le fue al larguero. Pretendía la Real rematar la faena y evitar cualquier susto, pese a que el Mirandés necesitaba marcar dos goles para forzar la prórroga, tres para pasar a la final. Los de Iraola, claro, no estaban dispuestos a rendirse y pese a que su efusividad ya no era la del primer tiempo, más por cabeza que por físico, se negó a plegar velas. Hasta el último minuto trató el Mirandés de finalizar esta Copa con un último gol, pero ni eso le consintió una Real que jugará con total justicia su primera final en 32 años.

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