Otro duelo para el Atlético en la Champions.


Otro duelo para el Atlético en la Champions.

Otra vez la Champions y de nuevo otro duelo para el cuerpo. Una herida más en el historial de vida del Atlético, tan brillante y ardoroso en mil andanzas, tan doloroso en la Copa de Europa. En Lisboa no estaban ni el Real Madrid ni Cristiano Ronaldo. Esta vez fue el Leipzig, un armonioso equipo de alemanes que juegan como latinos y que hizo méritos para pasar a semifinales contra la estrellas del PSG. Un gol en el minuto 88 estrelló al Atlético contra su muro.

El himno de la Champions, música celestial que corona la invención del mejor torneo de fútbol, no suena igual sin público en el estadio, sin la energía que transmiten los hinchas en la grada. Se desvanece de alguna manera el sentimiento de pertenencia, la pasión que el fútbol depara en muchos ciudadanos. Pero así ha querido el coronavirus que vivamos este tiempo, descolocados y siempre precavidos pese a que la televisión y sus realizaciones optimistas intenten provocar otra sensación. Las zonas de acreditaciones vacías, sin una fila para perder el tiempo, el acceso al estadio sin un alma, sin ningún problema, el silencio de un estadio solo quebrado por los aullidos de los locutores de radio, casi parece una entelequia en unos cuartos de final de la Champions.

Atrevimiento.

Al Leipzig no le impresionó la atmósfera gélida ni el adversario experto ni la rocosa jerarquía del Atlético, tan adiestrado para sobrevivir en los callejones sin salida, tan austero como letal. Es una suerte de guardiolismo a la germánica. Un equipo muy aseado con el balón, grácil en el manejo, siempre en fase ofensiva, con michos futbolistas por delante de la pelota, tres defensas repartiendo juego y un mariscal, Kampl, que ejerce de Xavi de los lander. Un grupo entusiasta, dinámico, que combinaba fácil, siempre en apoyos cortos o desplazamientos al pie y no al hueco. Alemanes reciclados al estilo mediterráneo que, eso sí, querían entrar a la portería de Oblak con el balón en la bota.

Por ahí no sufrió el Atlético, tan acostumbrado a asedios del Liverpool o el Bayern Múnich. El Leipzig no llega a eso porque su estímulo festivo tiene algo de inocencia juvenil, de fútbol con acné. Era el Betis de Setién, incapaz de dar un pelotazo así lo acribillen. Dos ocasiones en la primera mitad, más o menos claras, contrastaron con las arrancadas de veterano del Atlético, un tiro de Carrasco, un empalme de Saúl, el cabezazo de Savic.

El Atlético echó de menos muchas cosas en el primer acto. Le faltó el vigor de Marcos Llorente, medio desaparecido entre tanto toque sin posibilidad de robo. Tampoco Diego Costa ha recuperado la vitalidad y la potencia que hace no mucho le hacían imparable. Ahora se faja, pero no gana los duelos. Molesta, pero no decide. Por el centro, la cosa fue media insustancial, timoratos los centrocampistas para aportar brío y nervio en la recuperación y algo de fluidez al juego de ataque. Por ahí solo se enganchó Carrasco, propietario de una calidad superior y muy confiado en su regate. Gracias al belga y sus fintas por la izquierda, al servicio de compañía de Lodi, se aproximó el Atlético a la semifinal.

Pero en la memoria quedaba ese gobierno del novato Leipzig, su atrevimiento para someter a un doble finalista de la Champions que ha eliminado al campeón de Europa. Sin que eso llegue a incomodar al Atlético, se adivinó una noche compleja para los colchoneros. Por algún motivo, la brillantez que demostró en el último tramo de la Liga había desaparecido por ensalmo.

La amenaza del Leipzig, su fútbol refrescante enlatado en la coraza que siempre envuelve a los conjuntos germanos, se consumó nada más empezar el segundo tiempo. Fue una reivindicación, más que un gol. Medio equipo teutón tocando el balón delante del área colchonera, el pase de Kampl abierto, la llegada de Sabitzer y el cabezazo dirigido de Dani Olmo. Académico y funcional, sin florituras, concreto y directo al grano. Muy alemán.

El Atlético asumió una vez más en su vida una pesada herencia. Girar la historia, superar el obstáculo, creer para seguir vivo. Simeone eligió con rapidez un camino. Metió a Joao Félix para que jugase en su ciudad, al lado de sus sentimientos y sus vivencias. Por ahí empezó el Atlético a escalar el puerto. La clase del portugués, su innata facilidad para aclarar el juego, ese talento que necesita cultivarse con el esfuerzo, tuvo un potente impacto en el partido. Joao activó a su equipo, aportó la lucidez que no tenía, se convirtió en ancla. La jugada del penalti define a un aspirante a crack. En el momento cumbre de una eliminatoria de cuartos, con su equipo contra las cuerdas, tuvo el ingenio para sacar una pena máxima donde no había nada. Él mismo pidió el balón y lo golpeó convencido a la red.

Lo que parecía otro ejercicio de fe del Atlético, aupado por el gol, grapado a Joao Félix se convirtió una vez más en drama. El Leipzig, que ya ofrecía síntomas de agotamiento, exprimió su estilo hasta el final, sin rendirse ante un rival que emergía. Una combinación ordenada, el pase atrás y el chut con rebote de Adams que tumba de nuevo al Atlético en su torneo maldito.

Más información: ABC.